Crisis de la mediana edad 297

En una nota anterior, dábamos cuenta de la experiencia del puerperio, como una etapa mucho mas compleja que el hecho de transitar el post parto. Explicábamos de qué manera, la mujer se halla inmersa en un mundo afectivo nuevo, desconocido, de sentimientos ambivalentes, felicidad, angustia, desconocimiento, y un sinfín de emociones y situaciones nuevas que la pondrán a prueba de diferentes maneras. ¿Por qué, un hecho como la maternidad, puede despertar un movimiento tan intenso y emocional? Porque, en realidad estamos hablando de una “crisis vital ”. Pero….¿qué es una crisis?

Podemos decir que a lo largo de la vida, cada sujeto va transitando muchos momentos de crisis. Su origen etimológico, proviene del griego, y significa “cambio”, “transformación”.

Momentos como la pubertad, la maternidad, el divorcio, la muerte de un ser querido, una mudanza, un nuevo trabajo, etc., pueden provocar que un sujeto transite una crisis vital, entendiéndola como un momento de “desajuste”, es decir, el acontecer de un evento, de manera sorpresiva o planificada, que obliga al sujeto a un re-armado de su vida, donde va a tener que buscar otros recursos para adaptarse, acomodarse o establecer un nuevo orden.

Precisamente la “crisis” da cuenta de que lo que venía funcionando de determinada manera, ya no nos es funcional, porque tampoco nosotros somos los mismos. Podemos advertir que cuando hablamos de crisis, no necesariamente se trata de situaciones relacionadas con eventos negativos.

Situaciones muy deseadas, como la llegada de un hijo, graduarse en la universidad, o un cambio de trabajo que requiera una responsabilidad mayor y un crecimiento profesional, con frecuencia despiertan estos desajustes que colocan al sujeto “en jaque”, algunas veces, alterando todo su sistema de valores y referencias, pues lo obliga a un replanteo de prioridades.

Al hablar de replanteo, hablamos de la necesidad de ciertos cuestionamientos, de renuncias, de postergaciones, de prioridades, y en medio de todo ello, está el sujeto, con todos sus deseos, proyectos, anhelos, asignaturas pendientes, lo cual puede generar grandes conflictos internos.

Un momento crucial en este sentido, acontece en la mediana edad, aquello que popularmente se denomina “la crisis de los 40”, no porque indefectiblemente vaya a ocurrir en esa edad, sino porque se trata de una experiencia que, a partir de cierta edad, va a expresarse de diferentes maneras.

Algunas veces, de manera plenamente consciente y con una clara necesidad de llevar a cabo cambios en la vida. Otras veces, no tan conscientemente, en los casos en que podemos hallar cuadros con somatizaciones, síntomas, cambios en el estado de ánimo, o a través de diferentes formas que encuentra un sujeto de expresar que algo ya no está del todo bien.

Todo lo que parecía funcionar bien, puede ser cuestionado, interpelado por el propio sujeto, produciendo un desencuentro consigo mismo, ya sea en su trabajo, con la profesión elegida, puede manifestarse en el cuestionamiento de los vínculos, de la pareja, etc. En la mediana edad, los hijos comienzan a partir del hogar, a armar sus propios proyectos, y si bien, todo eso es motivo de alegría, también desacomoda a quien se percata de que sus hijos ya no lo necesitan tanto, lo cual obliga, en cierto modo, a establecer otras prioridades, para no quedar anclados en el tiempo.

Los cambios corporales que se producen en esta etapa, el climaterio, una sexualidad que ya no es la de la juventud, y las fuerzas que decaen, confrontan al sujeto con el paso del tiempo, en coincidencia, frecuentemente con el fallecimiento de los propios padres, lo cual presentifica el sentimiento de finitud como algo concreto e inexorable.

Implica una suerte de “duelo”, por la juventud que se va perdiendo, y junto a ella, proyectos y deseos que habrá que re-formular.

¿Cómo transitar esta etapa? ¿Cómo aceptar y encontrarse con este nuevo sujeto que vamos siendo, distinto a aquél de hace unos años? ¿Habrá tiempo para encarar aquellos proyectos y “asignaturas pendientes” que por la vorágine de la vida, hemos dejado atrás? ¿qué lugar para los hijos cuando parecería que ya “no nos necesitan tanto?. Preguntas….

Dependerá de cada sujeto, analizar de qué manera salir a flote de cada “crisis”, a sabiendas de que, al tratarse de un “cambio o transformación”, no necesariamente va a tener una connotación negativa. De hecho, con frecuencia, luego de superadas, las crisis nos ayudan a crecer.

Parte del conflicto puede hallarse en encontrar de qué manera transitarlas, para resolverlas y cruzar “del otro lado”. Algunas veces el sujeto lo logra por sus propios medios, otras veces necesita ayuda profesional, pero nunca sin algo de dolor o confusión, como ocurre en cada momento de crecimiento.

Recordemos que la oruga, debe atravesar un proceso de transformación, una metamorfosis para convertirse en mariposa.

Lic. Patricia B. Gutman
Psicoanalista

Coordinadora de “Encuentros Reflexivos”: https://www.facebook.com/Encuentros-Reflexivos-1621832278039088/
Teléfono: 15-3366-5014
Mail: psicosenda@hotmail.com

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Adolescencia 360

Adolecer es doler, esta es la situación de los jóvenes adolescentes. Durante esta etapa, los jóvenes no reconocen sus cuerpos, ya que estos van cambiando y se desencuentran con ellos y con el mundo externo, suelen entrar en rebeldía con los adultos mayores; padres, profesores, maestros. Se suelen retraer, no se asean, se aíslan con mucha facilidad. Generalmente suele coincidir esta crisis con la que atraviesan algunos padres, la crisis de la mediana edad.

Es en este momento, lo que algunos autores suelen llamar “situación pendular”, es decir, el joven sale a buscar a su grupo de pares a la calle y vuelve a su casa… este péndulo de entrada y salida, afuera y adentro, esto es lo que debe tenerse muy en cuenta.

Si el joven encuentra en su casa alojamiento, escucha y comprensión de su familia, entrará y saldrá de su casa pero la permanencia será en el hogar, caso contrario, los jóvenes se refugiarán con sus grupos de pares, cuyas normas no han sido bien impuestas y establecidas. Esto merece ser tenido en cuenta desde la familia: familias disfuncionales, hijos con dificultades desde las mas nimias a las mas severas.

Lic. Alicia N. Mazzalupo

Psicoanalista

Mail: alicianmazzalupo@hotmail.com

Celular: 15-5014-8548

Padecer “La soledad” 439

La capacidad de estar a solas, es una construcción interna que cada sujeto está llamado a hacer en el transcurso de su vida. Estar a solas es encontrarse con uno mismo, aprendiendo a llenar aquellos espacios internos que han quedado vacíos, por ejemplo, por ciertos traumas infantiles. Fantasía de abandono o abandono real de sus padres, pueden ser unos de ellos.

Sucede muy habitualmente que muchas personas, comienzan un tratamiento psicológico y hablan de cosas y cómo ocupan su tiempo en actividades infinitas que terminan en agobio y cansancio, justamente por evitar un hueco que no saben aprovechar con aptitudes internas, ya que no han podido descubrirlas. También está el caso contrario, no hacen: no tienen iniciativa para lograr estar a solas con una ocupación de interés personal. Estos dos ejes, son los que detienen la posibilidad de pensar en sí mismos y descubrir que aquel vacío existencial puede y debe ser cubierto por necesidades propias, cuya base esta alojada en cada sujeto, lo que uno trae consigo mismo desde el nacimiento.

Cada uno de nosotros tenemos un bagaje de riquezas. Sólo tenemos que detenernos, observarnos y animarnos a explorar, para luego ponernos en acción. Alguien podrá en un comienzo preguntarse ¿Qué puedo o sé hacer yo? Este es “el darse cuenta”. Darse cuenta es la letra A de saber que cuando hay pregunta, siempre hay respuesta. Para comenzar a estar con uno mismo o “sólo con uno mismo”, lo importante es saber que no existe padecimiento en ese encuentro y que uno puede hacer mucho con lo que tiene dentro. REDESCUBRISE.

Lic. Alicia N. Mazzalupo

Psicoanalista

Mail: alicianmazzalupo@hotmail.com

Celular: 15-5014-8548

Cuando el lenguaje es la violencia 317

Encendemos la televisión, y a diario somos testigos de incontables casos donde la violencia se manifiesta en todos sus matices. Desde el nivel mas sutil, hasta su máxima expresión. Homicidios, femicidios, robos seguidos de muerte, delitos sexuales, y toda una catarata de noticias, entre las cuales no faltan casos entre famosos o personajes mediáticos. Modos de vincularse en los que prima la violencia, y donde tampoco faltan los hijos como botín de guerra, como moneda de cambio. Cosificados como objetos que se dan o se quitan para extorsionar al cónyuge, privándolos de su estatuto de niños y de sujetos.

Pero no somos testigos de estas escenas solo a través de la pantalla de televisión. Todos o casi todos hemos protagonizado en alguna oportunidad, situaciones violentas: algún asalto, presenciando una riña en la calle entre automovilistas, o realizando una llamada al 911 cuando advertimos que alguien en el vecindario está en una situación doméstica mucho mas grave que una discusión. Entonces nos preguntamos….¿qué está pasando? ¿por qué tanta violencia? ¿han habido “tiempos mejores”, tiempos mas calmos?

La humanidad, desde sus orígenes, ha tenido que lidiar con los aspectos hostiles, propios y del semejante: el líder de un clan o tribu contra el líder de la tribu forastera que ocupaba sus tierras y espacios, o se llevaba sus mujeres, las guerras en todos los tiempos de la historia del mundo, desde la antigüedad, pasando por el Medioevo, hasta la actualidad.

S. Freud, el padre del Psicoanálisis, situó dos pulsiones básicas y primarias (pulsión entendida como lo mas visceral del sujeto): amor y muerte. En uno de sus ensayos maestros, “El malestar en la cultura”, explica de que manera, las sociedades de todos los tiempos se las han ingeniado para inventar toda clase de situaciones que permitan maltratar, humillar, aniquilar y denigrar al semejante. Sin emitir juicios sobre la “maldad” o “bondad”, explica que la pulsión de muerte o destructiva habita a todo sujeto, independientemente de su condición social, cultural o económica, pues es inherente a la condición humana, y es habitar el mundo “con otros” lo que nos obliga a resignar gran parte de esa pulsión destructiva, ya sea reprimiéndola o transformándola para otros fines menos violentos y mas aceptados socialmente.

Las guerras, la esclavitud, la trata de personas, la inquisición sin ir mas lejos, disfrazada de religión, entre muchas otras, dan cuenta de ello. Como contracara, hallamos las expresiones artísticas o el deporte, entre muchas otras, que permiten vehiculizar los aspectos destructivos con acciones admitidas y aceptadas por la sociedad, o con fines mas elevados y nobles.

Nos preguntamos entonces, si la pulsión de muerte o de destrucción, es universal ¿por qué algunos sujetos son manifiestamente violentos y otros no? ¿por qué alguien puede ser extremadamente violento y agresivo con su pareja y resultar “encantador” para el afuera?

Pues es que, en verdad, el sujeto violento, sabe que lo es, y en la mayoría de los casos puede hacerse responsable de sus actos. Es decir, lo que para la justicia y el Derecho Penal se nombra o califica como “imputable”. Alguien consciente del daño que provoca o puede provocar, y aún así, lo hace.

En estos casos, estaríamos dando cuenta de un nivel de impulsividad elevado, que dificulta al sujeto, pensar antes de actuar, y medir las consecuencias de sus acto, mas allá de ciertos matices que ponen en tela de juicio, cuanto hay de premeditación en cada agresor.

Resulta formidable advertir los avances de la humanidad en todas las áreas, pero llamativamente, el género humano parece no haber hallado un mecanismo que permita regular la violencia. Tal como rezaba el Maestro Freud, el único camino posible es “la cultura”, entendida como entramado social donde el sujeto interactúa con otros, y se ve “forzado” a dejar de lado la satisfacción inmediata de sus pulsiones, en pos de cierta “espera regulada”, que le permita ganar otras cosas: vínculos, relaciones, normas que permitan la convivencia, trabajo, producción de arte y cultura, socialización, etc., pero no se deviene un ser social, sin dejar de lado pulsión.

Precios que se deben pagar para estar en el mundo “con otros”. Cada sujeto tiene su decisión.

Lic. Patricia B. Gutman

Psicoanalista

Mail: psicosenda@hotmail.com

Celular: 15-3366-5014

Coordinadora de Encuentros Reflexivos

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